San Juan: magia, rituales y hogueras en la noche más corta del año
El nombre de las Verbenas de Madrid procede de esta mágica noche
La noche del 23 al 24 de junio, cuando el sol se esconde más tarde que en ninguna otra fecha del año, la Comunidad de Madrid se llena de hogueras, cánticos, verbenas y un murmullo ancestral que apenas se oye, pero que está ahí. Es la Noche de San Juan. Una velada que no es lo que parece. Porque bajo el disfraz de fiesta popular se esconden ritos paganos de hace miles de años, conjuros de brujas, aparecidos en los caminos y la certeza de que, esta noche, el velo entre nuestro mundo y el de los espíritus se vuelve tan delgado que casi se puede atravesar con un suspiro.
En el Corredor del Henares, el fuego y el agua parecen susurrar el mismo conjuro en cada municipio: detener el tiempo, purificar el alma, dar la bienvenida al verano. Pero cada pueblo lo hace a su manera, con sus propios rituales, sus propios miedos y sus propias leyendas.
Las raíces de esta celebración se hunden en la noche de los tiempos, mucho antes de que las campanas de las iglesias marcaran el ritmo de la vida. Era la noche del solsticio de verano, el día más largo del año, cuando el sol alcanzaba su cénit antes de empezar a morir hacia el invierno. Los antiguos celtas lo llamaban Litha, una fiesta de fuego y luz para honrar al astro rey en su momento de máximo poder.
Eran noches de desenfreno, de rituales de fertilidad, de ofrendas a la tierra para que la cosecha fuera abundante. Noches en las que se creía que los muertos vagaban entre los vivos y que las puertas del inframundo se abrían. No era una fiesta para niños. Era una noche para que los druidas leyeran el futuro en el humo y las cenizas.
Llegó la Iglesia, como llegó a todo, a cristianizar lo que no podía erradicar. Y la fiesta del fuego se convirtió en la víspera del nacimiento de San Juan Bautista. La tradición cristiana cuenta que, al nacer Juan, su padre Zacarías mandó encender una hoguera para anunciar la buena nueva. Pero las llamas ya llevaban ardiendo miles de años. Lo que la Iglesia hizo fue poner un santo donde antes había un dios pagano. Pero la esencia oscura de la noche nunca se apagó del todo. Solo se ocultó bajo las capas de la historia.
El calendario de los antiguos celtas no era un simple registro de días. Era un mapa sagrado que señalaba los momentos en que el velo entre el mundo de los vivos y el de los espíritus se volvía más delgado. De ese mapa, tres noches destacan sobre todas las demás.
Samhain (31 de octubre) marcaba el fin del año celta, la noche en que las almas de los difuntos volvían a visitar sus hogares. Los celtas encendían grandes hogueras, dejaban ofrendas de comida y se disfrazaban con pieles de animales para confundir a los espíritus malévolos. El cristianismo la convirtió en la víspera de Todos los Santos. En All Hallows' Eve, Halloween. Pero la noche siguió siendo la misma. El velo sigue siendo delgado. Y los muertos, aunque no los veamos, siguen ahí.
Beltane (30 de abril) era la fiesta del fuego y la fertilidad, la noche en que se celebraba el despertar de la tierra. En el folclore germánico, esa misma noche recibió otro nombre: Walpurgisnacht. La leyenda cuenta que en la Noche de Walpurgis, las brujas de toda Europa volaban hasta el monte Brocken, en Alemania, para celebrar sus aquelarres con el diablo. Los campesinos, aterrorizados, encendían hogueras frente a sus casas para protegerse. Colgaban ramos de ruda en las puertas. La Iglesia, como era de esperar, puso un santo, San Walpurga. Pero la noche nunca fue cristiana. La noche siempre fue de las brujas.
Litha (23-24 de junio) cae en el solsticio de verano. Saltar la hoguera tres veces purifica y aleja las malas energías. Lavarse la cara en siete fuentes diferentes atrae el amor. Recoger plantas al amanecer asegura su poder curativo. La noche de San Juan es la noche de la magia blanca, de los amuletos, de los conjuros de protección. Pero también es la noche en que las brujas campan a sus anchas, los animales hablan y los espíritus deambulan sin miedo.
Samhain mira hacia la muerte y los ancestros. Beltane mira hacia la vida y el deseo. Litha mira hacia el poder y la luz. Las tres son necesarias. Las tres son peligrosas.
La Wicca, la religión neopagana que emergió en el siglo XX, recuperó estas tres noches junto con las otras cinco festividades de la rueda del año. Hoy, los wiccanos y neopaganos siguen celebrando estas fechas con rituales al aire libre, hogueras y ofrendas. Pero la magia ya no solo se hace en los bosques. También se hace en TikTok, Instagram y YouTube. Miles de jóvenes brujas comparten hechizos de protección, rituales de luna llena y lecturas de tarot con millones de seguidores. Los aquelarres ya no solo se reúnen en los montes. También se reúnen en chats de Telegram y servidores de Discord. Las brujas no han muerto. Se han digitalizado. Y ahora, desde sus móviles, lanzan hechizos al mundo con la misma intensidad que sus antepasadas lanzaban maldiciones desde la cima del monte Brocken.
Con el paso de los siglos, esta noche se ha cargado de una gran cantidad de rituales y supersticiones que buscan atraer la buena suerte, la fortuna en el amor o purificar el cuerpo y el espíritu. Pero también es la noche en la que, según la tradición popular, las fuerzas del mal andan sueltas y las brujas celebran sus aquelarres.
El fuego es, sin duda, el gran protagonista. Saltar la hoguera tres veces purifica y aleja las malas energías. Quien duda, quien tropieza, puede que no esté preparado para lo que la noche le tiene reservado. Además, muchos aprovechan para quemar los males y las penas: se escriben en un papel los pensamientos negativos o los deseos que se quieren dejar atrás y se arrojan a las llamas. Dicen que si el papel arde del todo y se convierte en ceniza, el mal se aleja. Si no, volverá más fuerte.
El agua también tiene su poder. Antes de que el reloj marque las doce, es tradición darse un baño con sal marina y hierbas aromáticas para limpiar las energías negativas. Pero cuidado: el agua de esta noche es caprichosa. No te bañes solo, porque las laminak (las hadas de los ríos en el País Vasco) o las xanas (en Asturias) pueden arrastrarte al fondo si no les caes bien.
Las plantas son otro pilar de la noche. El romero, el laurel o la siempre viva ("las hierbas de San Juan") se recolectan al amanecer, ya que según la creencia adquieren propiedades curativas especiales. Pero ojo: no es recomendable estar solo esa noche. Las brujas, los espíritus y las ánimas del otro mundo merodean a sus anchas. Si escuchas un ruido detrás de ti, no mires. Si ves una sombra que no debería estar allí, enciende una cerilla. La luz, aunque sea pequeña, siempre ahuyenta lo que se esconde en la oscuridad.
Si hay una noche en el calendario en la que las brujas celebran sus aquelarres, esa es la noche de San Juan. Se dice que si te pierdes esa noche en el monte, no preguntes el camino a nadie. Puede que quien te responda no sea de este mundo.
Para protegerse de ellas, se recurre al fuego purificador. Colgar ramos de hinojo y ruda en las puertas de las casas protege el hogar de la entrada de espíritus malignos. La ruda, especialmente, es conocida por su poder para alejar el mal de ojo. Pero cuidado: no se debe cortar la ruda con unas tijeras cualquiera. Hay que hacerlo con la mano izquierda, en silencio, y sin que nadie te vea.
Se dice que quien desee conocer el nombre de su futuro amado debe ponerse frente a un espejo a medianoche, con una vela blanca en la mano. Pero la leyenda advierte que no siempre es el rostro de un vivo lo que aparece en el cristal. A veces, el espejo devuelve la imagen de quien ya no está. Y eso, en la noche de San Juan, es mejor no verlo.
Y también se cuenta que quien desee casarse en el plazo de un año debe lavarse el rostro con el agua de siete fuentes diferentes antes de que el gallo cante. No vale cualquier fuente. Tienen que ser fuentes naturales, manantiales donde el agua brota de la tierra, no grifos de plástico en un parque urbano. La tradición más antigua dice que el agua de cada fuente contiene la memoria de los muertos que en ella se reflejaron. Lavarte la cara con siete aguas distintas es, en el fondo, reconciliarte con siete almas que ya no están. Por eso no todo el mundo se atreve.
A pesar de la distancia de la costa, Madrid no es una excepción y la celebración de la Noche de San Juan se vive con gran intensidad. Tradicionalmente, los madrileños acudían al cerro de San Blas, hoy ocupado por el Observatorio Astronómico del Retiro, en busca de una planta conocida como 'verbena', que debía ser recolectada justo antes del amanecer. Este acto, mitad excursión, mitad conjuro, dio origen al nombre de estas fiestas estivales.
Hoy en día, grandes hogueras simbólicas se encienden en puntos emblemáticos de la ciudad como el Parque de Santa Eugenia, en Villa de Vallecas. Pero si te fijas bien, verás que siempre hay un círculo de gente alrededor del fuego que no habla. No bailan. Solo miran las llamas. Esos saben lo que se juegan esa noche. Han traído algo que quemar. Un nombre. Un recuerdo. Un miedo. Cuando la hoguera se apaga, se van sin despedirse. No hay que dar las gracias cuando has invocado a los espíritus. La gratitud los ata a ti.
Pero estas noches no solo se viven en la capital. En el resto de municipios de la Comunidad de Madrid la celebración adquiere un matiz más vecinal, más íntimo, más auténtico.
La noche del 23 al 24 de junio, el Parque Juan de Austria de Alcalá se convierte en el epicentro del misterio. Pero el fuego de la Hoguera de San Juan en Alcalá tiene un origen único y profundamente simbólico: la pira se alimenta con los decorados del Festival de Teatro Clásico 'Clásicos en Alcalá'.
El fuego no surge de la nada, sino de las cenizas del arte. Es como si la noche pidiera que el solsticio se alimentara del recuerdo de los héroes y las historias que han poblado sus tablas. Los personajes de Lope de Vega y Cervantes arden en la hoguera para renacer, tal vez, en otra forma, en otro espectador, en otro año.
El Parque Dolores Ibárruri de San Fernando se llena de misterio y la tradición gallega se apodera de la noche. El momento más esperado es el 'Conjuro de las Meigas', un rito ancestral que mezcla humor, tradición popular y todo tipo de rituales para atraer la buena suerte y ahuyentar a los malos espíritus, dirigido por la Asociación '¿Estamos Todos?'.
La queimada es la bebida que protege de los hechizos, y las meigas son las dueñas de la noche. Pero lo que realmente espanta a los espíritus en San Fernando es el sonido de la gaita, que resuena con fuerza para encandilar a la noche y ahuyentar a las ánimas del otro mundo.
Tras casi tres décadas de silencio, las llamas vuelven a iluminar Valleaguado en Coslada. La Asociación de Vecinos del barrio ha logrado recuperar una tradición que parecía perdida. La quema de una figura simbólica de más de dos metros de altura a medianoche es el momento culmen.
La fiesta cuenta con la colaboración especial de la Casa Gallega, que ofrece queimada de forma gratuita. La vuelta de las Hogueras de San Juan a Coslada "no es solo una fiesta, es un símbolo de identidad" para un barrio que recupera una de sus costumbres más queridas.
Es la noche más corta del año y las Fiestas de San Juan en Arganda son una fiesta mayor. El epicentro de la magia está en la Plaza de la Constitución, donde la programación incluye actuaciones musicales como la del grupo gallego Luar Na Lubre. Justo al filo de la medianoche, a las 23:59 horas, toda la plaza se vuelve hacia la Hoguera de San Juan, que arde en un ritual de purificación para recibir el verano.
Torrejón celebra la 'Noche del Fuego' con castillos pirotécnicos en el Recinto Ferial, coincidiendo con el fin de sus fiestas patronales. Pero la fecha encierra un secreto que pocos vecinos conocen. El 24 de junio, día de San Juan, se conmemora el día en que Torrejón compró a Toledo su carta de libertad, convirtiéndose en villa independiente. Es el día en que, oficialmente, nace Torrejón de Ardoz.
Hace más de cuarenta años, esta efeméride fue la verdadera razón por la que se decidió trasladar las fiestas a junio. No fue por el buen tiempo. Fue porque el 24 de junio es el cumpleaños de la ciudad. Por eso, cuando estallan los fuegos artificiales sobre el Recinto Ferial, no solo celebran el solsticio y el fuego purificador. Celebran siglos de libertad, memoria y orgullo vecinal.
La gastronomía popular madrileña se suma a la fiesta con su propia interpretación de los platos típicos: bocadillos de calamares, patatas con salsa y la siempre presente coca de San Juan. Pero la coca, según la superstición, no se debe partir con cuchillo. Se parte con las manos, y el que se lleva el trozo más grande tendrá suerte en el amor. Pero si ese trozo se desmiga, la suerte se convierte en desgracia. Por eso las madres reparten las porciones con cuentagotas.
Así que ya lo sabes. Cuando salgas esta noche de San Juan, cuídate. Lleva una vela blanca en el bolsillo, no te separes del grupo, y si alguien te llama por tu nombre desde un callejón oscuro, no respondas. Porque puede que no sea quien crees. Y en esta noche, nada es lo que parece.
El fuego, el agua, las meigas y los siglos de historia se dan la mano en el Corredor del Henares para espantar a los malos espíritus y celebrar la vida. Y las brujas, aunque no las veas, siguen ahí. En la sombra, en la llama, en tu pantalla.
Samuel Román

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