Tierno Galván: El Viejo Profesor al que nunca se hizo caso

 

 

Se cumplen 40 años de la muerte del primer alcalde democrático de Madrid

 

 

Madrid, finales de los setenta. En los pasillos de la universidad y en las calles de la ciudad, Enrique Tierno Galván enseñaba que pensar no es un acto neutro. Catedrático, jurista y marxista heterodoxo, su independencia intelectual molestaba tanto a la dictadura franquista como a los nuevos partidos de la izquierda que emergían en la Transición.

Fue encarcelado, expulsado de la docencia oficial y apartado de la redacción de la Constitución de 1978, aunque su firma y su pensamiento quedaron imborrables en el prólogo. Hoy, décadas después de su muerte, los parques que llevan su nombre, los homenajes y las celebraciones recuerdan a un político al que nunca se hizo caso… y que, paradójicamente, todos celebran.

Enrique Tierno Galván ocupa un lugar singular en la historia política y cultural de la España contemporánea. Intelectual, profesor universitario y finalmente alcalde de Madrid, fue marxista heterodoxo, socialista independiente y símbolo de una manera ilustrada de entender el poder municipal en la Transición. Su trayectoria atraviesa la Guerra Civil, la represión franquista, la agitación de los años sesenta, las tensiones de la izquierda en democracia y una alcaldía que transformó el pulso cultural y urbano de la capital.

Cuando estalla la Guerra Civil en 1936, Tierno es un joven estudiante. Vive el conflicto en la zona republicana, experiencia decisiva para su posterior posicionamiento político. La derrota de la República y la instauración del franquismo marcaron a toda una generación de intelectuales que buscaban en el socialismo y el marxismo una explicación y una vía de regeneración.

Durante la posguerra se forma como jurista y filósofo del Derecho, desarrollando un pensamiento marxista poco dogmático, influido tanto por el racionalismo ilustrado como por la sociología alemana. Ese marxismo, más cultural que revolucionario, será una constante en su vida: una herramienta de análisis crítico del poder y de la sociedad, no un catecismo cerrado.

La oposición de Enrique Tierno Galván al régimen franquista no fue retórica ni puramente académica, y por ello tuvo consecuencias personales y profesionales. Su actividad política e intelectual, ligada a círculos socialistas del interior y a una crítica constante del autoritarismo, lo situó pronto bajo la vigilancia de la policía política.

 


SALUD INTEGRAL


 

Tierno fue detenido y encarcelado en el marco de la represión contra intelectuales y opositores del régimen. Su paso por la cárcel, breve pero significativo, reforzó su convicción de que el franquismo no era solo una dictadura política, sino un sistema diseñado para expulsar del espacio público a cualquier forma de pensamiento crítico autónomo. A diferencia de otros opositores, no optó por el exilio permanente ni por la clandestinidad armada: eligió una tercera vía, más lenta y arriesgada, basada en la resistencia intelectual desde dentro.

Tras salir de prisión, el régimen permitió su reincorporación parcial a la vida académica, pero bajo control. Sus clases de Derecho Político se convirtieron en auténticos ejercicios de educación cívica: hablaba de democracia, legitimidad y poder con un lenguaje cargado de referencias históricas y filosóficas. En 1965, en pleno ciclo de protestas universitarias, el régimen decidió expulsarlo definitivamente de la docencia oficial.

Lejos de silenciarlo, aquella decisión consolidó su figura pública. Tierno pasó a impartir clases en espacios no oficiales, seminarios privados y círculos culturales, reforzando su imagen de profesor proscrito y referente moral de una oposición democrática que comenzaba a desbordar los márgenes universitarios. Desde ese lugar —fuera de la institución pero en el centro del debate intelectual— se ganó definitivamente el apodo de el viejo profesor, convertido ya no solo en un docente, sino en una autoridad ética para una generación que buscaba palabras para nombrar la democracia que aún no existía. Ese conflicto con la universidad franquista anticipó, en muchos sentidos, su relación posterior con el poder político: respetado por su inteligencia, pero temido por su independencia.

Menos conocido por el gran público, pero clave para entender su pensamiento, fue el paso de Enrique Tierno Galván por Estados Unidos. Durante los años cincuenta y sesenta, en distintos momentos de su carrera académica, realizó estancias como profesor e investigador en universidades norteamericanas, entre ellas Princeton y la Universidad de California.

Estas experiencias no fueron un exilio político en sentido estricto, pero sí una vía de escape intelectual frente al asfixiante clima universitario del franquismo. En Estados Unidos entró en contacto directo con el constitucionalismo anglosajón, el pluralismo político y una cultura académica mucho más abierta que la española del momento. Paradójicamente, fue allí donde terminó de afinar su pensamiento marxista crítico: no desde la admiración por el sistema estadounidense, sino desde su observación directa.

Tierno admiraba la fortaleza institucional de la democracia norteamericana, pero era muy crítico con su desigualdad social, su política exterior y su capitalismo sin correcciones fuertes. Esa mirada ambivalente —respeto por las reglas del juego democrático y rechazo de la injusticia estructural— marcó su posterior acción política.

El contraste entre la libertad académica estadounidense y la rigidez universitaria española reforzó su convicción de que la democracia no podía limitarse a un cambio de élites, sino que debía impregnar la cultura, la educación y la vida cotidiana. De ahí su insistencia, ya como alcalde, en la cultura pública, el espacio urbano y el papel pedagógico de las instituciones.

Su paso por Estados Unidos también contribuyó a su estilo personal: irónico, distante del populismo clásico, y con una concepción del poder más ilustrada que carismática. Fue, en muchos sentidos, un intelectual europeo que entendió la modernidad democrática observándola desde fuera antes de intentar construirla en casa.

Enrique Tierno Galván no fue un marxista ortodoxo, pero su interpretación del marxismo —crítico, históricamente informado y centrado en la emancipación cultural antes que en la revolución estricta— lo situó en un terreno incómodo para ambas orillas políticas de la Transición. El PSP (Partido Socialista Popular), creado por él y otros socialistas en el interior durante el franquismo, aspiraba a una unidad de la izquierda desde una base socialista no dogmática. Su perspectiva chocó desde el principio con las corrientes mayoritarias dentro del PSOE en los años setenta, dominadas por la renovación desde el exilio y la moderación socialdemócrata.

Tras la fusión del PSP en el PSOE en 1978, Tierno y sus seguidores no llegaron a integrarse plenamente. Sectores internos creían que su postura crítica del marxismo («no ser marxista» en sentido estricto) y su independencia intelectual les hacían incómodos. En algunos eventos públicos quedó plasmado este distanciamiento: se llegó a recordar su salida del partido con ironía, vinculándola no tanto a cuestiones disciplinarias como ideológicas.

La lucha interna por definir el proyecto del PSOE fue intensa: Felipe González, tras su liderazgo en Suresnes y la orientación socialdemócrata, fue clave en mover al partido hacia una postura menos marxista y más centrista. Ese giro, que acabaría consolidándose en los congresos del PSOE a principios de los ochenta, contrastaba con la visión más crítica de Tierno, que veía al marxismo como instrumento de análisis y no como dogma político puro.

Este choque de orientaciones fue uno de los factores que lo mantuvo al margen de los círculos de poder dentro del PSOE en la Transición, y contribuyó a que su papel en la redacción de la Constitución quedara reducido pese a su fuerte peso intelectual. Su hijo recuerda que Tierno quiso una Carta Magna muy distinta a la aprobada finalmente, y que el proceso político acabó dejándolo al margen de influir directamente en algunos puntos clave del texto constitucional.

La exclusión de Enrique Tierno Galván del grupo de los llamados Padres de la Constitución fue uno de los episodios más reveladores de las tensiones internas de la Transición. Jurista brillante, catedrático de Derecho Político y uno de los intelectuales más sólidos de la oposición interior al franquismo, su ausencia no puede explicarse por falta de preparación técnica. Fue, esencialmente, una decisión política.

Tierno resultaba incómodo para los equilibrios que se estaban construyendo. Su marxismo heterodoxo, su independencia respecto al PSOE de Felipe González y su resistencia a una disciplina de partido férrea lo convertían en una figura difícil de encajar en un proceso que privilegiaba el consenso rápido y la contención ideológica. En ese contexto, se impuso un reparto de protagonismos que dejó fuera a perfiles considerados demasiado autónomos.

Sin embargo, su influencia no desapareció del todo. Aunque vetado del articulado constitucional, Tierno fue el autor del Prólogo de la Constitución de 1978, un texto de enorme carga simbólica y política. En él se condensan muchas de sus ideas centrales: la reconciliación nacional, la superación del enfrentamiento civil, la apelación a la convivencia democrática y la voluntad de construir un marco común para una sociedad plural.

El prólogo —a menudo eclipsado por el articulado— refleja mejor que muchos artículos el espíritu de la Transición y lleva claramente la huella intelectual de Tierno: un lenguaje sobrio, historicista y consciente del peso del pasado. Fue, en cierto modo, la manera que el sistema encontró de aprovechar su prestigio sin concederle capacidad real de decisión.

Esa paradoja resume bien su relación con la Constitución: excluido del poder constituyente, pero presente en su legitimación moral. Tierno aceptó ese papel con una mezcla de realismo y distancia crítica. Nunca ocultó que habría preferido una Constitución más ambiciosa en lo social y más abierta en lo territorial, pero entendió que el momento histórico imponía límites.

Con el tiempo, su contribución al prólogo se ha convertido en una metáfora de su lugar en la Transición: el intelectual al que se escucha para explicar el sentido del proyecto, pero al que no se deja escribir las reglas del juego.

Uno de los episodios más delicados en torno a Tierno Galván es la manera en que fue implicado (aunque nunca investigado ni procesado judicialmente) en el contexto del secuestro del aristócrata Antonio María de Oriol y Urquijo por parte de los GRAPO en 1976. En una España todavía frágil tras la muerte de Franco, las voces de mediación con grupos radicales —incluso diálogos discretos con sectores de la izquierda más combativa— generaban desconfianza en amplios sectores políticos. En su caso, la acusación se mantuvo más en el terreno de la prensa conservadora que del proceso judicial, pero fue eficaz para enturbiar percepciones en momentos clave de la Transición. La falta de responsabilidades penales no eliminó la polémica política alrededor de su figura.

Este tipo de acusaciones reflejaba la complejidad de una Transición en la que distintas fuerzas políticas intentaron posicionarse como moderadas o extremas según conviniese a sus intereses —y Tierno, por su independencia, fue un blanco recurrente tanto para extremos como para sectores más moderados.

En 1979, Tierno Galván se convierte en alcalde de Madrid tras las primeras elecciones municipales democráticas, gracias a una coalición entre su PSP y el PCE. Su elección marca el inicio de la democracia municipal real, siendo el primer alcalde elegido de forma democrática tras la dictadura.

Tenía ya más de sesenta años y una imagen austera, casi decimonónica, que contrastaba con la efervescencia de la ciudad. Su alcaldía supuso un cambio profundo en la relación entre el Ayuntamiento y la ciudadanía. Tierno entendió el poder municipal como una herramienta pedagógica y cultural, no solo administrativa.

Aunque no creó la Movida madrileña, supo leer su valor simbólico. Su frase “Rockeros, el que no esté colocado, que se coloque” resume su tolerancia institucional hacia la juventud que exploraba nuevas libertades. Bajo su mandato, Madrid se convirtió en un laboratorio cultural: conciertos, teatros, exposiciones y vida nocturna. No obstante, si bien para muchos Tierno se convirtió en símbolo de apertura y tolerancia cultural, sectores más conservadores lo acusaron de promover una cultura juvenil “desbordada” que rompía con valores tradicionales.

En el plano urbano, su gestión dejó huellas duraderas. Impulsó la eliminación del llamado Scalextric de Atocha, una infraestructura vial que simbolizaba el urbanismo agresivo del desarrollismo franquista. Apostó por una ciudad más habitable y menos dominada por el coche. Sin embargo, esta obra que muchos ven hoy como un acierto urbano, en su momento fue criticada por sectores que argumentaban falta de previsión de tráfico o gasto municipal.

El Plan de Saneamiento Integral de Madrid abordó problemas históricos de alcantarillado y depuración de aguas, mejorando la salubridad urbana. Paralelamente, se emprendió una lucha decidida contra el chabolismo, con programas de realojo que, aunque imperfectos, marcaron un cambio de enfoque social.

Tierno Galván entendía la cultura como un servicio público. Durante su alcaldía se impulsó la recuperación de la zarzuela como patrimonio popular, alejándola de una imagen elitista o rancia. Se crearon o consolidaron equipamientos culturales clave, como el Planetario de Madrid y el Centro Cultural Conde Duque, que se convirtió en un espacio emblemático de la vida cultural madrileña. La promoción de la zarzuela y proyectos como el Planetario y Conde Duque fueron celebrados por algunos, pero recibieron reservas de quienes consideraban estos proyectos costosos o demasiado elitistas para una administración municipal con limitaciones económicas.

Uno de los rasgos más recordados de Tierno fueron sus Bandos Municipales, escritos en un lenguaje deliberadamente arcaizante y lleno de ironía. Más allá de la anécdota, estos textos reflejaban su idea de la autoridad: cercana, pedagógica y consciente de la tradición histórica de la ciudad.

La muerte de Enrique Tierno Galván el 19 de enero de 1986 estuvo rodeada de una fuerte carga simbólica y política. Falleció a los 67 años a causa de un cáncer de páncreas que había mantenido en la más estricta discreción. Hasta pocas semanas antes de su fallecimiento siguió ejerciendo como alcalde de Madrid, empeñado en no convertir su enfermedad en un asunto público ni político. Esa decisión reforzó aún más su imagen de servidor público austero, poco dado al sentimentalismo y muy consciente del papel institucional que representaba.

Su deterioro fue rápido en los últimos meses de 1985. El Ayuntamiento y su entorno más cercano conocían la gravedad de la situación, pero Tierno insistió en mantener la normalidad institucional. Murió en el Hospital Clínico San Carlos, y la noticia provocó una conmoción inmediata en la ciudad.

El funeral se convirtió en uno de los mayores actos de duelo popular de la historia reciente de Madrid. Decenas de miles de personas acompañaron el féretro desde la Plaza de la Villa hasta el Cementerio de la Almudena. Jóvenes vinculados a la Movida, vecinos de barrios populares, intelectuales, militantes de izquierda y ciudadanos sin adscripción política compartieron el duelo por el “Viejo Profesor”.

En 2026 se celebrarán actos conmemorativos del 40 aniversario de su muerte, con exposiciones, mesas redondas y reediciones de sus textos. Madrid vuelve a mirarse en el espejo de aquel alcalde que supo unir ilustración y calle.

Su memoria llega también a la Zona Este: en Alcalá de Henares, el Parque Enrique Tierno Galván, en el barrio de El Val cerca del río Henares, ofrece varias hectáreas de paseo, juegos infantiles, pistas deportivas y áreas de descanso. Además, calles, centros culturales y placas conmemorativas recuerdan su figura de manera más discreta.

Esa memoria refleja bien su legado: no el de un político de consignas simples, sino el de un intelectual en el poder, capaz de pensar la ciudad y la democracia como proyectos culturales de largo aliento. A pesar de su popularidad, su figura sigue siendo objeto de revisión crítica. El PSOE, que lo marginó en vida, es hoy uno de los principales promotores de homenajes, parques y actos conmemorativos. La paradoja es clara: el Tierno que molestaba sigue siendo celebrado, ahora sin riesgo para nadie.

 

Samuel Román

eltelescopiodigital.com