San Isidro, el santo que araba con ángeles

 

 

El Labrador sigue bendiciendo los campos cada 15 de mayo

 

 

En el corazón de la capital, entre rascacielos y calles de tráfico denso, Madrid guarda un secreto que revela su alma verdadera. Su santo patrón no es un rey, ni un guerrero, ni un obispo. Es un hombre de manos encallecidas por el arado y espalda doblada por el sol. Es Isidro, el labrador. Y su historia, forjada entre surcos y milagros, sigue viva cada 15 de mayo.

Sabemos poco con certeza sobre sus orígenes. Nació hacia 1080 o 1082, probablemente en el Madrid musulmán, de padres mozárabes cristianos que vivían bajo dominio islámico. La ciudad acababa de ser reconquistada por Alfonso VI, y en ese contexto de frontera y cambio creció este niño que, según la tradición, fue bautizado en la iglesia de San Andrés, la misma que acogería después su cuerpo incorrupto.

Su nombre, Isidro, parece una síncopa de Isidoro, el santo sevillano. No se sabe con certeza cuáles eran sus apellidos —se barajan Merlo o Quintana— pero la tradición ha preferido quedarse con lo esencial: su oficio y su tierra.

De joven trabajó como pocero, un oficio humilde que le obligaba a bajar a las profundidades de la tierra. Se mudó con su familia a Torrelaguna, y allí conoció a una joven llamada María Toribia —hoy conocida como Santa María de la Cabeza— con la que se casó y tuvo un hijo. Años después, regresaron a Madrid, y fue entonces cuando Isidro comenzó a trabajar como jornalero en las tierras de Iván (Juan) de Vargas, un rico terrateniente madrileño. Y así empezó la leyenda.

La fama de Isidro no vino de grandes discursos ni de gestas heroicas. Vino de algo mucho más sencillo: su manera de trabajar. Dicen que nunca se iba al campo sin haber oído misa. Y que, mientras sus compañeros rompían la tierra con el arado, él elevaba oraciones al cielo. Sus vecinos se quejaban al amo. «Isidro llega tarde, Isidro se entretiene rezando, Isidro no rinde como nosotros». Juan de Vargas quiso comprobarlo por sí mismo.

Un día fue al campo y encontró a Isidro rezando, pero también vio algo que le dejó sin palabras: sus bueyes araban solos, como si un ejército de ángeles hubiera tomado las riendas. El amo, en lugar de enfadarse, entendió que aquel hombre estaba tocado por Dios. Y los compañeros, avergonzados, pidieron perdón.

 


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Quizás el milagro más conmovedor de San Isidro es el del pozo. Su hijo, pequeño aún, cayó a un pozo profundo mientras jugaba. El agua estaba muy lejos, y parecía imposible rescatarlo. Los padres y los vecinos rezaron desesperados. Y entonces ocurrió lo inesperado: las aguas comenzaron a subir, y subir, hasta rebosar el brocal. Flotando sobre ellas, sano y salvo, apareció el niño.

Este milagro hizo que Isidro adquiriera fama en toda la región. Pero él nunca buscó el protagonismo. Siguió yendo al campo, compartiendo su jornal con los pobres, y distribuyendo sus pocos bienes en tres partes: una para la familia, otra para la iglesia y otra para los necesitados.

En su casa, gobernaba su esposa María, una mujer tan santa como él. A ella se le atribuye un detalle que ha pasado a la tradición: siempre llevaba en su zurrón una olla con comida caliente para los pobres que encontrara por el camino.

En 1617, más de cuatro siglos después de su muerte, ocurrió un hecho que cambiaría la historia del santo. El rey Felipe III, que sufría una grave enfermedad, fue llevado en litera desde Valladolid hasta la ermita de San Isidro en Madrid. El monarca —que no podía valerse por sus propios medios— bebió agua del pozo del santo y quedó milagrosamente curado.

La noticia corrió como la pólvora. El rey ordenó que se iniciara el proceso de beatificación. No era para menos: el santo labrador acababa de salvar la vida del monarca, y con ello, su propia leyenda alcanzó la corte.

El 14 de marzo de 1622, en la Plaza Mayor de Madrid, tuvo lugar una de las ceremonias más fastuosas de la historia de la ciudad. El Papa Gregorio XV canonizó a cinco santos el mismo día: Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús, Felipe Neri, e Isidro Labrador.

Cinco gigantes de la fe. Cuatro de ellos, fundadores de órdenes religiosas, teólogos, místicos, intelectuales. Y el quinto, un analfabeto, un hombre que no sabía leer ni escribir, que pasó su vida cavando la tierra y partiendo el pan con los pobres.

Nunca una canonización fue tan democrática. Nunca la santidad se mostró tan accesible. El Papa Gregorio XV lo expresó con claridad: Isidro demostraba que no hacen falta títulos ni saberes para alcanzar el cielo. Solo trabajo y caridad.

Pero el reconocimiento definitivo llegó en 1960, más de tres siglos después. Juan XXIII, el "Papa bueno", lo proclamó oficialmente patrono de los agricultores y campesinos españoles mediante la bula "Agri culturam".

"Este santo varón, humilde y sencillo, aparece ante los labradores actuales como ejemplo luminoso, simultaneando con las faenas del campo, que realizaba diligentemente, el ejercicio eminente de la obediencia y de la caridad", escribió el Papa.

La elección fue un acierto. En una España que aún era mayoritariamente rural y agrícola, San Isidro se convertía en el intercesor ideal para millones de campesinos que veían en él a uno de los suyos. Los aperos de labranza, el arado, la azada, el trillo, todo eso quedaba ahora sacralizado bajo su patronazgo.

Y por eso, en cada procesión del santo labrador, la imagen de San Isidro no camina sola. A sus pies, o junto a él en la andas, se colocan espigas de trigo recién bendecidas. Son el símbolo de la tierra fecunda, la cosecha esperada, el trabajo que da fruto. Las espigas recuerdan que el santo fue hombre de campo, y que su bendición sigue acompañando a los agricultores en cada siembra. Es costumbre que los fieles lleven sus propias espigas para que el santo las bendiga, y después las guarden como recuerdo o las coloquen en las casas, los establos o los campos, como un gesto de confianza en que la tierra seguirá dando su fruto.

Pero San Isidro no es solo teología. Es, sobre todo, fiesta. Y en Madrid, la fiesta es mayúscula. La celebración del 15 de mayo tiene su origen en la romería que los madrileños hacían hasta la ermita del santo, situada a orillas del Manzanares, en lo que hoy conocemos como la Pradera de San Isidro. Francisco de Goya inmortalizó esa romería en uno de sus cuadros más célebres, con chulapas y chulapos bailando al son del organillo mientras el fondo del río se adivinaba difuso.

La tradición del día del santo sigue viva. Quienes se acercan a la ermita realizan un ritual bien definido: primero, visitan al santo; después, escuchan misa; luego, beben agua del famoso pozo milagroso —en realidad, una fuente— del que se dice que aún mana curaciones.

Las fiestas se prolongan durante días. La pradera se llena de mantones de Manila, claveles rojos en el pelo, chulapos con gorra y tirantes. Los chotis —"Pichi", "El Dobladillo", "Madrid de los Austrias"— suenan en cada esquina. Y los organilleros, esos músicos ambulantes con sus instrumentos de cuerda y manivela, ponen la banda sonora a una ciudad que recupera su identidad más castiza.

Y no pueden faltar las rosquillas del santo. Las hay de varios tipos. Las "tontas", sin glaseado alguno, cuyo origen se remonta a la Edad Media. Las "listas", cubiertas de un baño de azúcar y limón, con un característico color amarillo. También las de Santa Clara, que se empezaron a elaborar en el Monasterio de la Visitación y se sirven cubiertas de merengue seco blanco. Y las "francesas", que nacieron de los caprichos de la reina Bárbara de Braganza, para quien el cocinero real ideó una receta con almendra picada y azúcar por encima.

Pero la más legendaria de todas es la de la Tía Javiera, un personaje que pudo existir o no, pero que hoy forma parte del imaginario popular madrileño. Dicen que procedía de Fuenlabrada o de Villarejo de Salvanés, pueblos ambos con gran tradición rosquillera. Hasta Madrid venía, allá por el siglo XIX, a vender sus dulces con motivo de la romería que ya entonces se celebraba en la pradera de San Isidro en honor al patrón de la ciudad.

Sus rosquillas no llevaban azúcar en la masa, sino aguardiente, y estaban empapadas en un jarabe que dejaba secar para atarlas después con una guita (cuerda delgada de cáñamo). La Tía Javiera, que no tuvo hijos pero sí un buen número de imitadores, siguió siendo popular después de su muerte gracias a la literatura. Ramón Gómez de la Serna le dedicó estos versos: "Pronto no habrá, ¡chachipé! / en Madrid duque ni hortera / que con la Tía Javiera / emparentado no esté".

Pero el santo no es solo de Madrid capital. En el resto de la Comunidad, cerca de una treintena de municipios celebran también sus fiestas en honor al patrón de los agricultores.Alcobendas, Ajalvir, Brunete, Colmenar de Oreja, Ciempozuelos, Corpa, Coslada, El Álamo, Galapagar, Miraflores de la Sierra, Morata de Tajuña, Móstoles, Navalcarnero, Pinto, Tielmes, Valverde de Alcalá… la lista es larga, y cada pueblo aporta su sello propio.

En Colmenar de Oreja, los concursos de arada y habilidad con remolque de tractor son el principal atractivo. En Ciempozuelos, la ofrenda de claveles y hortalizas al santo precede a la romería y la procesión. En Morata de Tajuña, además de la misa y la procesión, no faltan la masterclass de chotis, la paella popular y la tradicional subasta.

En Coslada, las fiestas tienen dos grandes escenarios: el parque Salvador Allende, con discomóvil y actividades infantiles, y la Plaza Mayor, donde la zarzuela y la Verbena de la Paloma llenan de música las noches de mayo.

En la década de 1990, el entonces alcalde de Algete decidió recuperar la tradición de honrar al santo labrador en su municipio. Aunque Algete contaba con apenas medio centenar de agricultores, el Ayuntamiento organizó un concurso de tractoristas en la plaza de toros, que tuvo un éxito inesperado entre los vecinos.

A veces, en la vorágine de las verbenas, las rosquillas y los chotis, se olvida lo esencial: San Isidro sigue siendo, casi mil años después, un ejemplo de vida. Su santidad no consiste en grandes gestas, sino en la constancia: levantarse antes del alba, oír misa, trabajar la tierra, compartir con los pobres, volver a casa, rezar y repetir al día siguiente. Una rutina que hoy llamaríamos anodina, pero que él convirtió en escuela de cielo.

Era analfabeto, pero la naturaleza era su libro de oraciones. Los campos, los ríos y los cielos le hablaban de Dios, y su vida entera era un continuo acto de adoración a través del trabajo. A su manera, era un místico. Un místico con las manos llenas de barro y el alma limpia.

Por eso Madrid lo eligió como patrón. Por eso los agricultores lo tienen por intercesor. Por eso, cuando en las procesiones las espigas bendecidas se elevan junto a su imagen, los fieles recuerdan que él fue hombre de surcos y cosechas, y que su bendición sigue acompañando el trabajo de la tierra. Porque él les recuerda algo que las ciudades modernas tienden a olvidar: que la tierra es sagrada, que el trabajo es dignificante, y que la caridad es la forma más alta de la santidad.

Así que el 15 de mayo, cuando se escucha un organillo en la calle o se muerde una rosquilla tonta, se está recordando que hace casi mil años un hombre llamado Isidro, vestido con sayal y abarcas de esparto, caminaba por los campos de Carabanchel con el arado al hombro y una oración en los labios.

 

Samuel Román

eltelescopiodigital.com