Cadenas, cartas y fantasmas: cien años de magia

 

 

De Houdini a Tamariz, historia de un arte que hace creer lo imposible

 

 

Aquella noche, el Garrick Theatre olía a niebla y a tabaco. Detroit se había vestido de octubre y la gente se arremolinaba en la entrada para ver al hombre que había desafiado a la muerte más veces que nadie.

Cuando Houdini salió al escenario, el teatro se vino abajo. Pero algo no encajaba. El hombre del traje de etiqueta impecable, el atleta que se liberaba de cadenas y esposas, caminaba con una lentitud que no era la suya. Tenía la cara pálida, brillante de sudor, y una pierna parecía no responderle del todo.

El número de la noche era el tanque chino. La urna de cristal y metal, llena de agua hasta el borde, subió al escenario. Houdini se metió dentro, atado, esposado, con los grilletes que le habían traído desde la comisaría de Detroit. La tapa se cerró sobre él. El agua empezó a cubrirlo todo. Y entonces, el silencio.

Cuando salió, empapado, jadeante, con los grilletes en la mano, el teatro estalló. La gente se puso de pie. No volvió a salir a saludar. La función terminó con un silencio extraño, un vacío que nadie supo llenar. Al día siguiente los periódicos informaban de que se había desplomado en su camerino. Una semana después, el hombre que había escapado de todo —de cadenas, de esposas, de ataúdes, de celdas— no pudo escapar de una peritonitis. Murió en Halloween. Como si el destino hubiera querido gastarle una última broma.

Para entender a Houdini hay que retroceder unas décadas antes de su nacimiento. La magia que él heredó y transformó no surgió de la nada. Fue el producto de una revolución escénica y de un caldo de cultivo social muy concreto.

 


SALUD INTEGRAL


 

El punto de partida es Jean-Eugène Robert-Houdin (1805-1871), un relojero y óptico francés que cambió para siempre la forma en que se presentaba la magia. Antes de él, los ilusionistas actuaban en ferias y calles, con un aspecto ambulante y un tono casi de charlatanería. Robert-Houdin subió al escenario con un traje de etiqueta impecable y un teatro propio: el Théâtre des Soirées Fantastiques, que abrió en 1845 en las galerías del Palais-Royal de París.

Su innovación no fue solo estética. Integró en sus espectáculos autómatas y mecanismos de relojería que él mismo construía, y elevó el oficio de simple entretenimiento de feria a arte escénico respetable. Su nombre fue el que un joven húngaro llamado Erik Weisz adoptó como seudónimo: Harry Houdini.

La magia vivió su época dorada entre 1880 y 1920, coincidiendo con la infancia y juventud de Houdini. En ese periodo, los magos dejaron de ser feriantes para actuar en teatros de variedades y music-halls con gran popularidad. Junto a Robert-Houdin, otros nombres clave fueron el escocés John Henry Anderson, célebre por el truco del "atrapabalas", y el británico John Nevil Maskelyne, que convirtió la magia en un gran espectáculo de masas y que también se hizo famoso por desenmascarar a falsos espiritistas.

Mientras la magia se profesionalizaba, Europa y Estados Unidos vivían una fiebre por lo sobrenatural. A mediados del siglo XIX, el movimiento espiritista emergió con fuerza en Norteamérica y se extendió rápidamente por Europa y América Latina. Las "mesas giratorias" o tables tournantes, importadas de Nueva York, se convirtieron en una de las grandes modas del siglo XIX, y en Francia dieron lugar al espiritismo propiamente dicho, un movimiento organizado con doctrina propia.

En este contexto aparece Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), una figura tan fascinante como controvertida. Nacida en Rusia en el seno de una familia aristocrática, Blavatsky llevó una vida errante y aventurera: se dice que luchó junto a Garibaldi en Italia en 1863, donde resultó gravemente herida, y que en París se transformó en médium espiritista, entrando en el grupo de Allan Kardec y heredando sus ideas reencarnacionistas.

Entre 1870 y 1872 actuó como médium en El Cairo, donde fundó el "club de los milagros", una sociedad espiritista de tipo kardecista. En 1873 se instaló en Estados Unidos y en 1875, junto al coronel Henry Steel Olcott y otros seguidores, fundó en Nueva York la Sociedad Teosófica. Su propuesta no era simplemente contactar con los muertos, sino construir un sistema filosófico que fusionaba el misticismo oriental, la cábala judía y el espiritismo occidental. En 1879 se trasladó a la India con Olcott y la Sociedad se instaló definitivamente en Adyar, cerca de Madrás, donde sigue teniendo su sede hoy.

Su figura alcanzó tal dimensión que se convirtió en una celebridad internacional, pero también en objeto de escrutinio. Fue acusada de fraude por algunos de sus contemporáneos, y magos como Maskelyne cuestionaron públicamente la credibilidad de sus fenómenos. Blavatsky murió en Londres en 1891, pero su legado perduró: la Sociedad Teosófica continuó bajo la dirección de Annie Besant y, más tarde, dio origen a derivaciones como la antroposofía de Rudolf Steiner.

Este es el mundo en el que Houdini creció y se formó. Un mundo donde la magia era un espectáculo de masas en plena edad dorada, y donde el espiritismo había dejado de ser una curiosidad de salón para convertirse en un movimiento con millones de seguidores. Houdini no solo heredó las técnicas de Robert-Houdin y la ambición escénica de Maskelyne: heredó también un adversario. La cruzada que libró contra los espiritistas en sus últimos años fue, en cierto modo, la culminación de una tensión que atravesó todo el siglo XIX: la que enfrentaba la magia como arte escénico honesto con la magia disfrazada de poder sobrenatural.

Erik Weisz nació en Budapest en 1874, hijo de un rabino. Su familia emigró a Estados Unidos buscando prosperidad cuando él era un niño. Creció en la pobreza, y a los doce años dejó su casa porque pensaba que sería más fácil para sus padres tener una boca menos que alimentar. Trabajó en una fábrica de corbatas, donde empezó a interesarse por la magia.

Su transformación en Harry Houdini fue un homenaje a Robert-Houdin, el "padre de la magia moderna". Pero el joven Erik no se limitó a imitar: lo superó con creces. Antes de convertirse en el rey del escapismo, fue contorsionista y trapecista en el circo con solo nueve años. Su verdadero estrellato llegó al enfocar su acto en escapadas audaces.

Houdini no fue solo un mago. Fue un atleta, un showman y un maestro de la autopromoción. Sus escapes más famosos incluyen liberarse de cuerdas, cadenas, camisas de fuerza, todo tipo de esposas, barriles, cajas, baúles, bidones, bolsas, sacas, ataúdes, jaulas y habitaciones cerradas. En 1898 inició las actuaciones de escape de esposas especificadas por el público, y en 1913 presentó su emblemático acto de "Escape del tanque de agua chino".

A lo largo de su carrera, escapó de 8.300 esposas y 12.000 camisas de fuerza, y sobrevivió a 2.000 "juegos mortales". Una de sus hazañas más increíbles consistió en escapar de una caja cerrada con llave, sellada con cinta de acero y lanzada a las aguas del puerto de Battery Park en Nueva York. También hizo desaparecer un elefante y, en otra ocasión, caminó a través de una pared de ladrillo.

Su habilidad para usar a la prensa de la época fue fundamental para su fama mundial. Cada escape era un acontecimiento mediático, y Houdini se aseguraba de que así fuera.

Tras la muerte de su madre, Houdini se obsesionó con el espiritismo. Pero en lugar de creer, se convirtió en su mayor enemigo. Dedicó gran parte de su vida a investigar y exponer a falsos médiums y espiritistas que se aprovechaban del dolor de las familias.

La ruptura con Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, fue el episodio más famoso de esta cruzada. Conan Doyle, un ferviente creyente en el espiritismo, aseguraba que sus sesiones eran reales, mientras que Houdini señalaba que eran fraudulentas. Houdini libró una encarnizada batalla contra Doyle y los espiritistas a la que dedicaría toda su vida. Con sus prodigiosas habilidades, se convirtió en la ruina y el descrédito para un gran número de médiums, al desenmascarar e incluso imitar públicamente sus trucos.

A juicio de su biógrafo, Houdini "no era escéptico", pero no logró encontrar ningún médium que lograra establecer contacto con su madre, fallecida de forma repentina y por la que el mago sentía devoción. Esta faceta es menos conocida que la del escapista, pero define su personalidad racional y su oposición a la superchería.

Su nombre sigue vivo. "Houdini" es la palabra que usamos para cualquiera que se libera de una situación complicada. Ha inspirado a generaciones de magos, desde David Copperfield hasta David Blaine.

El mayor coleccionista de su memoria es David Copperfield. En 1991, el ilusionista y artista de televisión compró todos los objetos de Houdini pertenecientes a John Mulholland del patrimonio de este. Estos están ahora archivados y preservados en el almacén de Copperfield en su sede de Las Vegas. Su International Museum and Library of the Conjuring Arts alberga la mayor colección de artefactos de Houdini, incluyendo su Cámara de Tortura Acuática, el Baúl de la Metamorfosis, así como la única grabación conocida de la voz de Houdini, preservada en los cilindros de cera originales de Edison.

También existe el Houdini Museum en Scranton (Pensilvania), el único edificio dedicado a él, y una Casa de Houdini en Budapest, con la mayor colección de artefactos originales en Europa. Houdini murió en Halloween de 1926. Su esposa, Beatrice, estuvo diez años haciendo sesiones de espiritismo y esperando que el ilusionista, después de su muerte, contactara con ella. Nunca lo hizo.

Lo que vino después de Houdini fue una diversificación del arte mágico. Su figura marcó el final de una era y el inicio de la magia moderna, que se ramificó en especialidades bien diferenciadas: la magia de cerca, la cartomagia, el mentalismo, los grandes espectáculos de ilusionismo y, más tarde, la revolución televisiva.

La magia de cerca, o close-up, cobró fuerza en los años 20 y 30, enfocándose en la destreza manual con objetos cotidianos. El gran maestro de esta disciplina fue Dai Vernon (1894-1992), conocido como "el hombre que engañó a Houdini". Su estilo y elegancia natural, el "Vernon Touch", se convirtieron en un estándar para generaciones de magos. La cartomagia dejó de ser un simple entretenimiento para convertirse en un arte de precisión técnica.

Mientras la magia de cerca se refinaba, el espectáculo de masas siguió su curso con figuras como Harry Blackstone y Horace Goldin. En paralelo, surgió una rama que exploraba los misterios de la mente: el mentalismo. Joseph Dunninger (1892-1975) fue su gran estrella, un "mentalista" que se presentaba como un demostrador de telepatía y que también desenmascaraba a fraudulentos espiritistas, continuando la cruzada de Houdini.

El gran punto de inflexión del siglo XX llegó con la televisión. Doug Henning revitalizó la magia en Broadway y la televisión en los años 70. Pero el nombre que dominó las décadas de los 80 y 90 fue David Copperfield. Sus especiales televisivos y sus monumentales ilusiones, como hacer desaparecer la Estatua de la Libertad o escapar de Alcatraz, lo convirtieron en el mago más famoso del mundo.

En las últimas décadas, la magia se ha reinventado de nuevo. David Blaine popularizó la "magia callejera" con un estilo minimalista y sobrio. Criss Angel llevó la magia a la televisión con un enfoque más roquero y espectacular en su serie Mindfreak. El dúo Penn & Teller ha revolucionado la magia de Las Vegas durante 50 años, rompiendo clichés y revelando trucos. Siegfried & Roy fueron una institución en Las Vegas con sus espectáculos con animales exóticos.

La magia española tiene un nombre propio y una genealogía precisa. Arturo de Ascanio (Tenerife, 1929 - 1997) fue el teórico que revolucionó la concepción psicológica del efecto mágico. Analizó por qué funcionaba un truco, cómo el espectador entraba en la historia de ficción y se maravillaba con la trampa. Su obra, recogida en La Magia de Ascanio, sigue siendo texto de referencia, y en su honor se concede cada año el Premio Ascanio al mago más destacado en magia de cerca. Fue discípulo de Fu-Manchú y Fred Kaps, y sentó las bases de la prestigiosa escuela española.

Juan Tamariz (Madrid, 1942 - 2026) fue su discípulo más aventajado y el encargado de llevar esa escuela al gran público. Con su aspecto desgarbado y su energía desbordante, irrumpió en la televisión de la Transición rompiendo con la imagen del ilusionista de esmoquin. Pero detrás del showman habitaba la mente más brillante del ilusionismo contemporáneo español, respetado como "maestro de maestros" por la élite de la magia mundial. En 1973 ganó con honores el Primer Premio Mundial de Cartomagia de la FISM.

Junto a Ascanio y Tamariz, otros nombres como José Puchol, Juan Antón y Camilo Vázquez fundaron en 1971 la Escuela Mágica de Madrid, un manifiesto y un proyecto teórico que reanimó el universo del ilusionismo español y sembró una escuela de pensamiento que daría campeones mundiales durante décadas.

Pepe Carroll (Calatayud, 1957 - Zaragoza, 2004) fue el rostro televisivo de esa escuela. Formado en la estela de Tamariz, destacó por su brillantez con la baraja y presentó 'Genio y figura' en Antena 3, el programa que descubrió a Chiquito de la Calzada. Su influencia llega hasta hoy: Jorge Blass, Anthony Blake o Jandro reconocen expresamente sus méritos.

El relevo lo recogieron Jorge Blass (Madrid, 1980), único español reconocido con el Stage Magician of the Year (2024) por la Academy of Magical Arts de Hollywood, considerado el "Óscar de la magia", y El Mago Pop (Antonio Díaz, Barcelona, 1990), el artista que más espectadores ha conseguido por un show unipersonal en Broadway, superando a Hugh Jackman y Bruce Springsteen, con más de tres millones de entradas vendidas y un Récord Guinness al artista individual más taquillero en la historia de Broadway.

El legado de Houdini en España no es una historia de imitación, sino de reinvención. La escuela española de cartomagia, fundada por Ascanio y Tamariz, creó un lenguaje propio y elevó la magia de cerca a la categoría de arte escénico reconocido, produciendo figuras que hoy dominan los escenarios internacionales.

Houdini no fue solo un mago. Fue un maestro de la ilusión, la autopromoción y el desafío a los límites humanos. Su verdadero truco fue conseguir que su nombre fuera inmortal. Casi un siglo después de su muerte, sigue pareciendo tan moderno y vivo como siempre.

La magia, como arte, ha demostrado ser una de las formas de entretenimiento más resistentes y adaptables. Desde los teatros de variedades del siglo XIX hasta los grandes estadios del siglo XXI, ha sabido reinventarse sin perder su esencia: la capacidad de hacer que el público, aunque sea por un instante, crea en lo imposible.

Y en el centro de esa historia, siempre estará Houdini. El hombre que escapó de todo, excepto de su propio mito.

 

Samuel Román

eltelescopiodigital.com