50 años vigilando Madrid desde las alturas

50 años vigilando Madrid desde las alturas

El Teleférico cumple cinco décadas de vida

Un 20 de junio de 1969 el alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro, inauguraba un curioso medio de transporte destinado a convertirse en un símbolo de la capital de España: el Teleférico de Madrid, un moderno funicular aéreo a imagen y semejanza de los que estaban de moda en media Europa. Eso sí, como casi siempre en la historia, su llegada no estuvo exenta de polémica, llegando a provocar una movilización vecinal que paralizó su inauguración durante casi un mes.

Si bien el uso de cables y cuerdas para el transporte de personas y mercancías se pierde en la noche de los tiempos, el teleférico moderno sí tiene nombres y apellidos, y son los de un inventor español. Leonardo Torres Quevedo, un cántabro conocido como el “Da Vinci español”, decidió dar un paso más en la evolución del funicular colgando las cabinas en el aire de forma segura. En concreto Torres Quevedo viajó a Europa en los años 70 del siglo XIX, y allí descubrió un curioso invento que ya se había instalado en Lyon y en la ciudad austríaca de Leopoldsberg: un sistema de cable urbano ideado para salvar desniveles (el antecedente histórico del telesilla).

De vuelta a España Torres Quevedo decidió construir algo parecido en su casa de Molledo. El “transbordador de Portolín”, como lo llamaba, era, cuando menos rudimentario, pues el movimiento se conseguía gracias a una pareja de vacas, mientras que la “cabina” era una silla normal. Este primer experimento derivó en la creación del funicular aéreo de múltiples cables, que patentará el 17 de septiembre de 1887.

A pesar de las posibilidades del invento, la sociedad europea no estaba muy por la labor de aceptarlo, llegando incluso a ridiculizarle cuando lo presentó en Suiza. Tras este primer fracaso, abandona el proyecto, dedicándose a otros grandes inventos (Torres Quevedo creará el Telekino, antecedente directo del mando a distancia; el zeppelin moderno; el “ajedrecista”, considerado el primer videojuego de la historia; o el aritmómetro, bisabuelo del ordenador), si bien la caducidad de la patente en 1904 le obliga a volver al “transbordador”.

El primer Teleférico moderno se construirá en 1907 en el Monte Ulía de San Sebastián, un sistema que, al tener varios cables independientes, era mucho más seguro que el rudimentario invento de veinte años antes. Tanto es así que la Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería de Bilbao exporta el invento a la localidad francesa de Chamonix o a Río de Janeiro.

Sin embargo, el teleférico más conocido de Torres Quevedo nacerá en 1916 como forma de surcar las cataratas del Niágara. El Spanish Aerocar se convertirá en todo un símbolo para Canadá, y aún hoy, 103 años después, sigue funcionando.

Tras el éxito del Aerocar, la construcción de Teleféricos se multiplica por todo el mundo, no ya para sortear desniveles, sino como atractivo turístico. Así en los años 60 Madrid decide sacar a licitación la construcción de uno que sirva como ejemplo de la modernización que quiere transmitir el régimen de Franco.

El proyecto sale a concurso en 1966, si bien las obras no comenzarán hasta dos años después. Un coste de cien millones de pesetas de la época, y cambios en el recorrido (la intención inicial era conectar el Templo de Debod con la Casa de Campo, pero el sobrevuelo de la estación de Príncipe Pío obligó a dar marcha atrás) fueron los problemas con los que se encontró la empresa Teleférico de Rosales, creada para gestionarlo durante, al menos, 35 años.

Las obras terminaron en el plazo de un año (la velocidad de las obras no fue, en absoluto, casual, ya que tan sólo dos meses antes de su inauguración Madrid había acogido la celebración del Festival de Eurovisión), y todo estaba listo para inaugurarlo en pleno día de San Isidro, pero una protesta vecinal, con movilizaciones y la interposición de un recurso (alegaban que el sobrevuelo de sus casas violaba su intimidad) obligaron a posponer la puesta en marcha hasta el 20 de junio de ese 1969.

Arias Navarro, alcalde de Madrid, fue el primero en subirse, y lo hizo en un viaje que no fue como estaba previsto: una avería en el sistema le dejó colgando durante cinco minutos sobre el cielo de Madrid. Muy sonado fue también el pequeño accidente sufrido por el Teleférico en 1999, cuando un cable se rompió durante una reparación cayendo sobre un tejado y rompiendo algunas tejas.

Desde entonces, una media de cinco mil personas en fin de semana; y 500 a diario, utilizan las 82 cabinas pintadas de azul cielo para disfrutar de una perspectiva diferente de la capital de España. Eso sí, el Teleférico tenía sentido en aquellos años 60 en que había pocas formas de acceder a Casa de Campo (hasta la Reina Sofía cuando era princesa lo usaba a menudo), pero poco a poco ha ido quedando sólo como atractivo turístico, lo que ha hecho que no siempre salgan las cuentas. Así la empresa creada para gestionarlo fue comprada por Parques Reunidos, propietarios del Zoo y el Parque de Atracciones que intentaron resucitar otro proyecto de aquel Madrid megalómano que quería convertir la Casa de Campo en un gran parque de ocio: la construcción de un monorrail entre Ifema y el Zoo con parada en la base del Teleférico.

A día de hoy Teleférico está gestionado por la EMT de Madrid, que le va a dedicar este 2019 para celebrar sus bodas de oro. Así, la empresa municipal ha decidido convertir al funicular aéreo en protagonista de su concurso de microrrelatos y fotos en redes sociales.

Samuel Román