Barcelona 92, una flecha que cambió la Historia

Barcelona 92, una flecha que cambió la Historia

Este verano se han cumplido 25 años de los únicos Juegos Olímpicos celebrados en España

22:40 del 25 de julio de 1992. El mundo entero está pendiente de una flecha que surca los cielos de Montjuic para dar por inaugurados los XXV Juegos Olímpicos de la Historia Moderna, una cita deportiva que transformó para siempre la ciudad de Barcelona y abrió las puertas de la modernidad a una España que dejaba atrás la Transición. Así comenzaban 16 días en que Barcelona fue el centro del planeta, y que terminaban con un botín de 22 medallas que cambiarían también la gestión deportiva en el país.

Pero la historia comienza un poco antes, en concreto en 1984, cuando un recién elegido Pascual Maragall decide revivir el proyecto olímpico que llevó a la ciudad condal a ser candidata en los Juegos de 1924, 1936 y 1940, y lo hace creando una Oficina Olímpica. Cataluña y España enseguida se vuelcan con la candidatura, y dos años después, el COI presidido por el también español Juan Antonio Samaranch, entrega a la ciudad la celebración de los Juegos del 92 tras derrotar a París en la última votación.

En 1988, y durante la clausura de los Juegos de Seúl, Maragall recoge la bandera olímpica en una fiesta que supone la presentación de Barcelona ante el mundo con un fragmento de cinco minutos que comenzaba con la llegada de Cobi en un tren acompañado de las mascotas de Seúl, los tigres en que se presentaron Cobi y el “logo” olímpico mientras unas bailarinas vestidas de flamencas y con grandes abanicos interpretaban una sardana a la vez que se levantaba en el Estadio una réplica de la “Sagrada Familia”.

Pero este primer espectáculo fue sólo el principio. Un año después Montserrat Caballé y Freddie Mercury grababan un disco que daría la vuelta al mundo y que se convertiría en el himno, no solo de los Juegos si no de la ciudad: “Barcelona”, una canción que, tras entonar juntos los dos artistas durante dos años, no pudieron cantar en la Ceremonia de Inauguración por la muerte de Mercury unos meses antes.
Con la llegada del verano de 1992, Barcelona comenzó a prepararse para ser olímpica. Mientras las obras en el Estadio terminaban, la antorcha se encendía el 5 de junio en Olimpia para comenzar un viaje de más de 6.000 kilómetros acompañada por 9.500 portadores. El fuego sagrado llegó a Atenas, de donde partió en barco hasta la localidad catalana de Ampurias para comenzar un viaje por las 17 Comunidades Autónomas antes de llegar a Barcelona en la noche del 24 de julio, un día antes de la Ceremonia de Inauguración.

La Ceremonia, de más de tres horas de duración, y en la que las culturas española y catalana se mezclaron a la perfección, alcanzaba su punto culminante a eso de las diez de la noche, cuando el, por entonces, Príncipe Felipe encabezaba una delegación de 430 atletas dispuestos a hacer que España diese un salto de calidad deportivo sin precedentes. Antes de la entrada de la Delegación Española, La Fura Dels Baus había sobrecogido al Estadio con una representación rompedora del mito del nacimiento de Barcelona.

Y desde entonces la Gala no dejó de crecer en intensidad: el Rey Juan Carlos daba por inaugurados los Juegos antes de que José Manuel Abascal, Blanca Fernández Ochoa, Jordi Llopart y José Luis Doreste, entre otros medallistas, hicieran entrar la Bandera Olímpica. A las diez y media el Estadio se quedaba a oscuras para ver entrar al penúltimo portador de la antorcha, el piragüista Herminio Menéndez, que, tras dar la vuelta a todo el estadio, entregó el fuego sagrado al mismísimo Epi, que, cruzando un mar de atletas de todo el planeta, llegó hasta donde le esperaba Antonio Rebollo.

Y entonces, ocurrió: ante los ojos de 3.500 millones de espectadores, el torrejonero lanzaba la flecha que cruzaba, tal y como estaba previsto, una distancia de 86 metros hasta el pebetero situado a 67 metros de altura sobre el Estadio. La flecha incendiada, cuyo fuego quemaba las manos del arquero por la dirección del viento, salió disparada para, tres segundos más tarde, encender el pebetero en la, para muchos, mejor inauguración de unos Juegos Olímpicos nunca celebrada.

Eso sí, la flecha no entró en el pebetero, porque eso no era lo previsto, sino que sobrevoló el cielo para caer fuera del estadio, haciendo que, al pasar sobre el pebetero, inflamase el gas que llenaba el recipiente provocando una llamarada de tres metros de altura que emocionó al mundo. Y es que lo que ocurrió en la noche del 25 de julio de 1992 no fue nada más y nada menos que un efecto especial de Reyes Abades.

Y es que el “milagro” de Montjuic se gestó mucho tiempo antes en Torrejón. Allí Reyes Abades preparó durante meses la flecha que debía colocar a Barcelona en el mapa olímpico, y lo hizo en su taller, donde todavía descansa la flecha mágica. Rebollo y Abades ensayaron el tiro perfecto, un disparo que debía sobrecoger al mundo. Y la cosa no fue fácil. Hasta ocho prototipos tuvo que crear Abades antes de encontrar la flecha perfecta, además de modificar la fisonomía interna para conseguir que no se apagase durante el vuelo. Pero a finales de julio la flecha estuvo terminada, comenzando un viaje a Barcelona que cambiaría su vida.

Y, después de 16 días en que Barcelona fue el epicentro deportivo del planeta, la llama olímpica se apagó, aunque Antonio volvió a encenderla tan sólo unos días después en la inauguración de los Juegos Paralímpicos, y el pasado 25 de julio, en una gran fiesta organizada por el Ayuntamiento de Barcelona con motivo del 25 aniversario en la que no faltaron Olga Viza, los Manolos, Epi o el Rey Felipe VI.

 Tras ser encendida en el Palacio de Albéniz, la antorcha recorrió las calles de Barcelona en un viaje en el que, por aquello de mantener la tradición de la antigua antorcha olímpica, se apagó en varias ocasiones, la primera de ellas justo delante del mismísimo Estadio Olímpico. Pero después de muchas vicisitudes, la antorcha llegaba a Plaza de Catalunya, y lo hacía en manos de Juan Antonio San Epifanio. Epi volvía a ser el último portador del fuego sagrado, esta vez acompañado por Teresa Perales llevando la bandera olímpica. Epi llegó, como hace 25 años, a la plataforma donde le esperaba Antonio Rebollo, encargado de cerrar el acto a la misma hora en que entraba en la historia, para volver a encender el pebetero del Estadio Olímpico de Montjuic aunque esta vez de forma virtual y desde Plaza de Cataluña. La fiesta, sin embargo, estaba lejos de terminar en el centro de Barcelona, pues Los Manolos saltaron al escenario para volver a cantar el “Amigos para siempre” que popularizaron en una noche de verano de 1992. •

Samuel Román